El cine experimental es para arriesgarse

El cine experimental es para arriesgarse

Qué paz. Hasta se escuchan pajaritos. Ahora, mientras la tarde se despide, Narcisa Hirsch ofrece té en el jardín de su antigua y exquisita casona de San Telmo. Pero allá por 1967 esta mujer, nacida en Berlín en 1928 y radicada desde los diez años en el país, había dejado las lecciones de pintura con Demetrio Urruchúa –quien pintó con Berni y otros maestros la cúpula de Galerías Pacífico– y las muestras en la galería Lirolay para armar “La Marabunta” en el Coliseo: un enorme esqueleto femenino cubierto de comida y aves vivas al que el público peló. “Quedó todo filmado por Raymundo Gleyzer, quien desapareció en la dictadura y sobre cuya militancia, en ese momento, yo ni sabía.  Lo hizo con una sola cámara, aunque por el desborde, hubiéramos necesitado diez, y lo compaginamos en su casa. Ahí empecé a entusiasmarme con el cine”, cuenta.

Además de regalar “Bebés” (muñequitos) y “Manzanas” por Florida, en Londres y  en Nueva York, y de salir a pintar graffitis por el barrio antes de la vuelta de la democracia  –“A veces todo brilla, todo”–,  filmó unos 30 cortometrajes. Y tras décadas de ese trabajo casi secreto, hace unos años que no para de recibir homenajes como pionera del cine experimental (entre ellos, la retrospectiva del Bafici 2012). De hecho, es la figura de Fase 6.0, festival de arte, ciencia y tecnología, que se realiza hasta el 9 de noviembre en el Centro Cultural Recoleta, con entrada gratuita.

¿Qué le gustó del cine experimental?

Es una forma de poesía, sin hilo narrativo. A través del uso de la la luz, el sonido, la oscuridad o el silencio, es para arriesgarse. Y al que lo ve le pide eso, atención y paciencia. A mí me influenció, sobre todo,  Jonas Mekas –"abuelo de la vanguardia estadounidense”– pero la culpa la tuvo Jorge Romero Brest, el gurú de las arte visuales del Instituto Di Tella, por decretar la muerte de la pintura. Yo no pertenecí a su grupo pero estuve de acuerdo y salí a la calle, en consecuencia.

No fue fácil...

¡Nooo! Para “La Marabunta” busqué lugares en teoría más idóneos y ni bolilla. Por eso, siempre le voy a estar agradecida a Clemente Lococo, del Coliseo, que habilitó un lugar el día en el que estrenaban “Blow up” –la película sobre el cuento “Las babas del diablo” de Cortázar hecha por Antonioni– y había un montón de gente. Siempre recuerdo que cuando le comenté del periplo, me advirtió: “Señora, en Argentina no pida permiso nunca. Haga nomás, después uno se arregla”.

¿Exhibía sólo en encuentros caseros?

Sí, hasta que el Goethe nos abrió las puertas, avanzados los 70. Eramos poquitos, Marie Louise Alemann, Claudio Caldini, unos diez, invisibles, clandestinos, no porque nos persiguieran sino porque no interesábamos. Fue una época muy brava, corría sangre, y a izquierda y derecha les pareceríamos... frívolos. Pero lo nuestro era un manifiesto: no estábamos con ninguno de ellos.

¿Cómo se lleva hoy con el reconocimiento?

Muy bien, no fue una meta, pero lo agradezco. Mirá, en el festival del Recoleta pusieron “Canciones napolitanas” (1971), la única película que pude mostrarle a Romero Brest. Le llamó la atención y chau. Se ve una boca que saborea hígado crudo. Ahora que lo pienso… ¡Los dioses del cine experimental se están vengando! (Risas).

¿Por qué cuesta acercarlo a más gente?

Están los que se aburren. Perfecto. Y una vez alguien me dijo: su cine me da miedo, no por el contenido, si no porque nunca sé qué va a pasar. La incertidumbre suele espantar.

¿A qué atribuye la mayor exposición de estas películas: somos más abiertos a lo distinto o nos desesperamos por conservar lo que se va extinguiendo?

Por un lado, acá, hay curiosidad por los 60 y 70, hasta una especie de nostalgia por el material, el rollo de 16 mm y el súper 8. Como pasa con el vinilo. Y por otro, un fenómeno que se da en Occidente. Una vez, en una charla en una universidad, un joven me preguntó: ¿Y para qué hacían ustedes esas películas que nadie veía? Hay una ideología, le contesté. Ok, me dijo, hoy también: todo vale y hay que hacerlo lo mejor posible. Es decir, parece que la idea general no es ir en contra de sino discurrir con lo que aparece.

¿La influye?

No creo. Justo leí “La sociedad del cansancio”, de un filósofo coreano que vive en Alemania –Byung-Chul Han–, que habla del exceso de oferta, de la saturación de todo, algo que en América latina convive con la pobreza extrema. Sigo creyendo en la necesidad del esfuerzo para cambiar y crear. Y además, si hoy quisiera salir a pintar graffitis, por ejemplo, por acá, no encontraría ni un pedacito de pared en blanco. ¿Más té?

http://www.clarin.com/ciudades/Narcisa_Hirsch-pionera_del_cine_experimental_0_1239476069.html

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